Recuerdo cuando, en plena edad del pavo, tenía problemas con mi madre. Ella, preocupándose por mí como por nadie, me llevaba a todos lados, me preparaba la comida, me arreglaba el cuarto y, en general, me lo daba todo. Sin embargo, yo me olvidaba de ello cuando no me dejaba ir a casa de un amigo. Ese tipo de actitud infantil es la adoptada por parte del colectivo argentino con Messi. Sí, con Messi. Parece mentira que Leo tenga que demostrar algo a estas alturas, como si los argentinos vivieran en un mundo paralelo al del rosarino que, más allá del charco, ha liderado a un equipo para la historia y se ha consagrado como el jugador que domina el fútbol.
Su reto, en este caso, era la Copa América Centenario y, sobre todo, convencer a su afición de que era capaz de conseguir su coincidente admiración. Llegaba tocado, con las típicas molestias que le obligan a dominar el partido de una manera bastante insultante: caminando. En su primer partido (el segundo del equipo) salió en el 61' y se dedicó a pasárselo bien. Hat-trick en 20 minutos y a otra cosa. El segundo fue más discretito. Aún así, la poca resistencia que opuso la selección boliviana, podía hacer prescindir de una gran actuación individual de 'la pulga'. Cuartos. El rival era una Venezuela que había dejado fuera a Uruguay y que llegaba con mucha confianza e ilusión, la necesaria para plantar cara a la que parecía la indiscutible campeona en potencia. Pero Messi no entiende de juegos emotivos. Ni diez minutos y ya le había dibujado el pase del torneo a un Higuaín que lo aprovechó, y de qué manera. En definitiva, sin dejarse la vida, el chiquitín volvía a ser decisivo y se metía en semifinales, dónde esperaba Estados Unidos. Pero, una vez más, iba a acabar prontito con las esperanzas de, en esta ocasión, la anfitriona. Asistencia monumental a Lavezzi a los tres minutos de partido y golazo de falta a la media hora. El 'Pipa' adornaría el marcador y sentenciaría el pase a la final.
La final merece otro párrafo. Tercera final de Messi con la selección argentina en los tres últimos veranos. Las dos anteriores se habían perdido trágicamente, factor demasiado presente en la tensa mente de Leo. Si además de tal presión, Higuaín te erra ocasiones claras para encarrilar el título, pues ya te empieza a sonar un poco la historia. La cuestión es que Messi no estuvo a su nivel y falló el primer penalti albiceleste de la tanda que exigía el 0-0. Argentina iba a perder su tercera final consecutiva en torneos de selecciones y las críticas, una vez más, iban dirigidas a 'la pulga'.
Iban dirigidas al jugador que se había puesto el equipo a la espalda, teniéndola resentida. Al mejor futbolista del torneo. Al jugador que, hoy en día, siendo el mejor del planeta, prefiere contar con el unánime apoyo de su país antes que conseguir cualquier otro logro. Pero no lo ha conseguido y, después del partido, consideraba que no lo iba a conseguir jamás. El jugador de la época tiene que retirarse de su selección a los 29 años. Suena escalofriante.
Dentro de dos años, el país entero se estará arrastrando para que Leo haga la vista gorda con todo el desagradecimiento recibido. Igual será demasiado tarde, pues a Leo se le quiere mucho en Barcelona, gane o pierda, marque o falle.
Por: Lluís Fullana (@lluisfullana)
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